El Eco de su Redención
“El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido.” (Salmos 34:18 NVI) Dicen que una vez ella contempló el cielo más hermoso que sus ojos pudieron conocer. Aquel firmamento, sembrado de estrellas como un jardín de luces eternas, quedó grabado en su memoria con la nitidez de un sueño que se niega a desvanecerse. Recuerda el lugar con precisión, casi con devoción: un rincón del mundo donde la noche parecía hablarle en silencio. Quiso volver, pero el tiempo, siempre implacable, cerró los caminos. Hoy, dos décadas después, aquel sitio duerme bajo la custodia del olvido, inaccesible para todos, excepto para la memoria. Le quedan los recuerdos: los latidos de una época en la que se atrevía a soñar, a amar y a dejarse amar. Pedía deseos a las estrellas fugaces con una inocencia inexplicable y sentía sin restricciones, porque sentir no era un pecado, sino una forma de existir. Si alguien pudiera imaginar ese instante con ella, entendería que el frío intenso...