CERRAR LA BOCA: EL PODER DEL DOMINIO PROPIO
“No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan, porque para esto fueron llamados, para heredar una bendición.”
(1 Pedro 3:9 NVI)
Es fácil sucumbir ante la guerra de poderes y dejarse arrastrar por la marejada de egos y orgullos desbordados. Lo difícil es conservar el dominio propio necesario para no perecer tratando de agradar al mundo a cambio de unos cuantos pesos y la promesa de crecimiento personal o profesional. Más aún, cuando eso implica dejar a Dios de lado, aunque sea por un momento, como si Él no viera ni escuchara los pensamientos y acciones marcados por la necedad.
A veces es necesario hacer una pausa, respirar profundo y tomarse el tiempo para decidir con claridad el rumbo que queremos tomar. Las circunstancias nos invitan a reflexionar sobre el propósito que tienen las personas, los lugares y los desafíos que enfrentamos. Nada ocurre por casualidad. Es Dios quien nos posiciona justo donde más nos necesita, y también quien determina cuándo es momento de cerrar una puerta y abrir otra. Lo cierto es que nada se pierde: ni el tiempo, ni las victorias, ni siquiera las derrotas. Cuando todo está en manos de Dios, incluso lo que no entendemos forma parte de su perfecto plan.
Ahora hablemos de una de las trampas más sutiles y peligrosas: las emociones.
Hay un versículo en la Palabra que me confronta profundamente, quizás porque todavía no he logrado aplicarlo del todo: “Como ciudad sin defensa y sin murallas es quien no sabe dominarse” (Proverbios 25:28). Y es que muchas veces me descubro en ese estado: vulnerable, expuesta, sin protección… Momentos fugaces que se sienten eternos, en los que mis defensas caen y mis murallas se desploman ante reacciones necias, impulsadas por emociones que no logré filtrar ni entregar a Dios a tiempo.
Dominarse no es reprimirse, es rendirse. Es reconocer que necesitamos la fuerza sobrenatural del Espíritu del Señor para no permitir que la ira, la arrogancia, el afán de tener siempre la razón o la necesidad desesperada de defender nuestro punto de vista a toda costa, abran grietas por donde otros se sientan con el derecho de juzgar, señalar y condenar, menospreciando lo que pensamos como si no tuviera valor alguno.
Vale la pena reflexionar en lo siguiente:
- La discreción y la inteligencia, nos libra de la maldad.
- El enemigo está como león rugiente buscando a quién devorar, tener discusiones necias, nos deja vulnerables.
- Pedir sabiduría y discernimiento es necesario para que podamos elegir mejor nuestras batallas.
- Rendiremos cuentas a Dios por nuestras acciones y omisiones. Antes de herir a otros con nuestras palabras o actuaciones, es mejor evitar la confrontación, poner sello a nuestra boca y entregarle a Dios la situación para que sea Él quien tome partido por nosotros.
Ahora bien,
- Si te insultan, responde con bendiciones.
- Si te gritan, responde con bendiciones.
- Si te persiguen, responde con bendiciones.
- Si te traicionan, responde con bendiciones.
- Si te ignoran, responde con bendiciones.
Hay una reciprocidad poderosa en el acto de bendecir. Dios conoce lo que hay en nuestra mente y en nuestro corazón; no permitas que las circunstancias te dominen. Aunque sea difícil, es posible elegir honrar a Dios, acumulando así tesoros en el cielo y renunciando a las riquezas de un mundo que es enemigo del Señor. Con Su ayuda, podemos vivir en victoria y paz, más allá de las pruebas y desafíos.
Por mi parte, no dejaré de esforzarme cada día por agradar a Dios. Anhelo que, al mirarme, Él sonría y se sienta orgulloso de quien soy en Él. Seguiré luchando por despojarme de las etiquetas que otros han querido imponerme, y me aferraré a la autoridad con la que Él mismo me ha revestido para hablar, actuar y vivir conforme a su propósito.
Hoy te invito a vivir con la mirada enfocada en Dios, y no en las opiniones del mundo. No permitas que las etiquetas impuestas por otros determinen tu identidad ni silencien tu voz. Esfuérzate cada día por agradarle a Él, no por buscar la aprobación de quienes desconocen tu proceso, tu propósito, tus sentimientos, tus sueños ni tus expectativas de vida. Recuerda que Dios te ha investido de autoridad, te ha llamado por tu nombre, y se regocija en cada paso que das hacia Él. Que tu mayor anhelo sea verlo sonreír cuando te observe, y experimentar la alegría de saber que estás caminando conforme a su voluntad.
“¿Acaso busco ganarme la aprobación de los hombres, o la de Dios? ¿Pienso que trato de agradar a los demás? Si así fuera, no sería siervo de Cristo.”
Gálatas 1:10 (NVI)
Con gratitud y humildad, escrito por Liliana Fragozo S. para la gloria y honra de Dios.

Comentarios
Publicar un comentario